Juzgamos y no escuchamos (pero vamos a cambiar en el 2026)
- Mayu Guzman
- 19 ene
- 4 Min. de lectura
Hola amiga,
Este fin de año estuve reflexionando mucho sobre un concepto del cual creo que no hablamos tanto como deberíamos y del que Jesús también fue víctima: el prejuicio.
El prejuicio casi nunca se presenta como maldad.
Como bien lo dice su nombre, prejuicio es pre-juzgar: a una persona, una situación, un lugar.
El prejuicio nace muchas veces de la prisa, de no querer esperar a conocer. De no darnos el tiempo de escuchar una historia completa, ver procesos, permitir que alguien se revele poco a poco.
Juzgamos rápido, porque ir lento nos incomoda.
Y, de hecho, la mayoría de las veces el prejuicio llega disfrazado de opinión, de “yo creo que…”, de una versión incompleta de la historia que alguien más nos contó.
Y sin darnos cuenta, empezamos a mirar a las personas no por quienes son, sino por lo que escuchamos de ellas, porque nos comparamos con ellas o porque esas personas no están donde nosotras creemos “que deberían estar”.
Hay un pasaje en la Biblia que siempre me confronta. Cuando Natanael escucha que Jesús viene de Nazaret, su reacción es inmediata: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”.
No estaba preguntando, estaba concluyendo.
Nazaret (la ciudad) ya tenía una reputación, y para él eso era suficiente. Antes de conocer a Jesús, ya había decidido quién NO podía ser. Pienso en cuántas veces hacemos lo mismo.
Hace poco me enteré de que personas hablaron mal de mí. Eso provocó que otros, incluso antes de conocerme, formaran una idea equivocada sobre quién era yo. Me dolió, claro. Duele saber que alguien te juzgó sin preguntarte, sin escucharte, sin darte espacio. Que te juzgó porque no estabas en un buen momento o porque, como todo ser humano, te equivocaste y cometiste un error.
Pero lo que más me confrontó no fue lo que dijeron de mí, sino reconocer que yo también he estado del otro lado. Que en otros momentos fui yo quien habló sin conocer, quien creyó versiones incompletas, quien no tuvo compasión, quien dejó que el prejuicio decidiera antes que el amor.
El prejuicio no solo hiere a quien lo recibe; también endurece a quien lo practica. Nos vuelve rígidos, cerrados, incapaces de sorprendernos.
Nos roba la posibilidad de descubrir personas, historias y procesos que no encajan en nuestras categorías mentales, pero que aun así están llenos de valor.
Muchas veces juzgamos desde el miedo. Miedo a lo diferente, a lo que no entendemos, a lo que no se parece a nosotros.
Otras veces juzgamos desde la comodidad, porque es más fácil repetir una narrativa que detenernos a escuchar una verdad. El problema es que, cuando dejamos que el prejuicio gobierne, dejamos de ver personas y empezamos a ver etiquetas.
A veces también juzgamos desde nuestro reloj, desde el pasado, congelando a las personas en una versión anterior de sí mismas. Las atamos a algo que hicieron, dijeron o fueron en otro momento. Como si Dios no transformara, como si nadie cambiara, como si crecer no fuera parte natural de estar vivos.
Cuando pensamos que alguien “ya debería estar en otro lugar”, “ya debería haber aprendido”, “ya debería ser distinto”, estamos midiendo su vida con nuestro reloj, no con el suyo, y mucho menos con el de Dios. Olvidamos que cada proceso tiene su ritmo, su temporada, su propio lenguaje.
Prejuzgar es negar el proceso.
El prejuicio no sabe esperar.
La gracia, en cambio, sí.
Lo que más me conmueve de la historia de Natanael es que, a pesar de su prejuicio, estuvo dispuesto a acercarse. A mirar por sí mismo, a abrir el corazón; y eso lo cambió todo.
Jesús no lo rechazó por haber pensado mal; lo recibió porque, aun con sus ideas rígidas, estaba dispuesto a revisar su opinión.
Tal vez ese es el llamado para este año: Revisar lo que creemos saber de los demás y lo que creemos de nosotras mismas.
Preguntarnos cuántas de nuestras opiniones están basadas en experiencias reales y cuántas en rumores, suposiciones, heridas no sanadas o en la prisa.
Preguntarnos a quién hemos mantenido a distancia solo porque alguien más nos dijo quién era o porque no podemos creer que Dios puede trabajar con ellas.
Abrir el corazón no significa justificar lo injustificable ni negar el daño. Significa elegir ver con más humanidad. Significa perdonar y soltar. Significa recordar que todos somos más complejos que la peor cosa que se dijo de nosotros o que nuestro peor error. Y que muchas veces, detrás de una historia mal contada, hay una persona intentando ser vista con verdad, una persona en medio de un proceso.
Quizás el antídoto del prejuicio no es tener la razón (sobre ese juicio) sino darnos tiempo:
Tiempo para escuchar,
Tiempo para mirar mejor,
Tiempo para permitir que las personas cambien (incluidos nosotros).
Porque cuando damos tiempo, el prejuicio pierde fuerza, en su lugar aparece algo mucho más hermoso (y cristiano): La posibilidad de ver con amor y de ver cómo la gracia de Dios actúa en los demás.
Que este 2026 sea para escuchar más y juzgar menos, para perdonarte a ti y a los demás, para soltar, crecer y avanzar. Y cuando sintamos el impulso de cerrar el corazón, atrevernos a hacer lo contrario: Abrirlo.
Porque a veces, justo ahí donde creímos que no podía salir nada bueno, es donde Dios decide mostrarnos algo profundamente hermoso.
Con cariño,
Mayu Guzmán




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